Tenía sólo 10 añitos, era una niña en toda la fuerza del término. Soñaba en ser astronauta y explorar las estrellas, era normal y con sueños osados como cualquier otra niña de mi edad.
Todo cambió cuando personas con ropas bonitas, que vivían en castillos, contaban historias y comían pizza y helado los domingos vinieron a decirme que, entre millones de personas en el mundo, “Nuestra Señora me había escogido con pinza” para ser una de sus hijas predilectas.
Diciendo la verdad tal como es, yo no sabían bien ni quién era Jesus, imagina si iba a saber quién era “Nuestra Señora”. Mi familia, a pesar de declararse católica, nunca fue ningún ejemplo de cristiana devoción. Siendo la niña que era, sólo iba a la iglesia para jugar con las otras niñas, yo era la “niñita” molesta que corría por la iglesia.
Alguien muy ignorante, podría preguntarse, “pero por qué encontraste eso encantador, siendo que eras totalmente ajena a la religión?”. Pues bien, como dije al comienzo, era una niña normal: veía Disney -inclusive me moría de la rabia por no haber nacido princesa para vivir en un castillo-; veía novelas mejicanas infantiles – que mostraban internados como una cosa super buena, con la posibilidad de hacer varios amigos para jugar -; era una amante de los libros y siempre quise mucho estudiar en un colegio particular.  Para esa niña normal un grupo de personas promete una beca integral para estudiar en un castillo, en una escuela particular – que sus padres nunca podrían pagar -, con bibliotecas lindas y llenas de libros, niñas de varios países, cuartos comunitarios con un montón de niñas para jugar y si no bastase, además iba a tener pizza el domingo y chocolate todo el día. Al ignorante que haga esa pregunta, yo le pregunto, qué niña no se encantaría?

Mi vida cambió totalmente, mis sueños, mis principios, todo. De hecho salí del perfil de una niña normal. Mientras tanto, ocurrió que me “caí del caballo”, no como San Pablo – que en eso puede oír a Jesus -, pero sí como quien se “rompe la cara”. Fui a vivir a un castillo, pero aquello no me hizo princesa. Fui a estudiar en un colegio particular, pero no descubrí la inmensidad del mundo. Creí que iba a explorar los cielos, pero no conocí las estrellas.
La realidad fue bien cruel conmigo. No diría ni la realidad, siendo que la crueldad tuvo nombre, Heraldos del Evangelio. Ellos supieron arrancar de mí todo lo mejor que tenía. Se aprovecharon de mi inocencia -incluso de mi ingenuidad- para destruir al ser humano lindo que mis ojos perniciosos vislumbraban. 

  • “correr en la iglesia es feo”
  • “no poder hablar”
  • “siéntate recta”
  • “no te comas las uñas”
  • “NO CUESTIONES”
  • “NO LE CUENTES A TU MADRE”
  • “no reclames”
  • “no puedes jugar”
  • “sé adulta”
  • “ADORA A JOAO CLÁ”
  • “besa la mano del padre”
  • “MIENTE A TU PADRE”
  • “no hables con mendigo”
  • “no mires para el lado”
  • “repite”
  • “no pienses”
  • “SI NO IRÁS PARA EL INFIERNO”.

De a poco, con base en puro adoctrinamiento, yo y muchas niñas que acompañé a crecer, nos convertimos en verdaderos robots alienados, listos para cumplir la mínima orden que Joao dictase.
 Amaba a mis padres y mis hermanas. Hasta entonces, siempre había sido una niña muy cariñosa, una característica mía que marcaba por donde yo pasaba. Fue lo primero que destruyeron. La presión interna para abandonar todo lo que fuera oriundo de nuestras “vidas pasadas”, ultrapasaba la idea de costumbres mundanas -como embriaguez, futilidad y vanidad- e invadía el campo de nuestros principios más básicos, el cariño por la familia y el respeto y obediencia a los padres. Nosotros no teníamos más familia que los propios Heraldos: la Lucília era la madre, Joao y Plinio hacían el papel de padre y todas las colegas de clase y del éremo eran nuestras hermanas de vocación. Todo fuera de eso era malo y debía ser arrasado.

Terminar con los lazos familiares es el primer paso de un largo proceso destructivo en la psicología de los niños. Quitan el puerto seguro del pequeño para que él divague en el océano de miedos que ellos mismos crean. Hasta por qué, niños próximos a sus padres comparten lo que ocurrió en sus vidas y sería interesante para los Heraldos que los padres supieran los abusos que estos sufren allá adentro?
Dado el primer paso, la larga carrera de “entrega al fundador” continúa, donde continuamente se te echa todo en cara y sobretodo, supervision de todo el mundo, hasta de tu amiguita de clase, con el mismo tiempo de grupo que el tuyo. Este punto juzgo que es bastante relevante y me voy a detener mínimamente aquí.
Todo el tiempo, todas las cosas, todos los actos, todas las palabras, absolutamente todo era objeto de juicio de todas tus hermanas de vocación. En “1984”, obra de George Orwell, hace referencia al Gran Hermano, el ojo que todo lo ve. Cuando leí esa obra, leí lo que viví dentro de esa institución: siempre nos decían que debíamos vivir como que siempre estuviéramos bajo los ojos del fundador, pues según ellos, de hecho aquello se daba, gracias a un don sobrenatural concedido a Joao Clá; sin embargo, quién nos vigilaba todo el tiempo eran las niñas que nos rodeaba, así como en la obra de Orwell. La falacia, la marginación e inclusive el bullying pesado eran mecanismos de base para la práctica absurda de adoctrinamiento practicada en la institución.“Mente vacía es oficina del diablo”, quien vivió al menos una semana allá adentro ya escuchó esa frase? Todo que era hecho allá dentro era estrictamente determinado por los superiores. Cada actividad, cada horario, cada paso, todo pensando y otorgado por los superiores. Llenaban nuestros horarios, nos dejaban sin tiempo para nada, no había espacio para hobbies personales, no había ni siquiera espacio para diferenciación entre las niñas, todas hacían lo mismo y de la misma manera. El miedo de que alguna pensase más allá de lo que allí estaba era enorme, inclusive, bastante reprimido.
Ejemplo claro de eso es el Ordo de Costumbres estrictamente detallado, con gran parte de las reglas que no dicen nada respecto de la práctica religiosa, sirven apenas para estandarizar las mentes, crear robots. Usaban como justificativas – como siempre usan, lo que no significa que sean coherentes – que la estandarización en momentos “prosaicos” – como ellos llaman cualquier cosa relacionada con el cuerpo y sus necesidades – servían para volver los movimientos automáticos y no pensados conscientemente, así, su mente podría pensar en el fundador mientras sus manos hacían el “trabajo sucio”.
En cosas como esas se inicia la autodestrucción del niño. Su cuerpo, que antes era algo natural, ahora es sucio, “prosaico”. Cosas que antes eran incluso agradables, como tomar baño y comer, pasan a ser únicamente necesidades para la buena supervivencia, pero que si fuera posible, deberían ser dispensadas. Cualquier detención mayor frente al espejo ya es vanidad; algún cuidado especial con el cuerpo, como hidratantes y hasta champús específicos para tu tipo de cabello, es vanidad; alguien tardó un poco más en el baño, estaba allá dentro cometiendo el pecado de vanidad.
Tengo certeza que cuando Salomón, en el auge de su sabiduría dictó la famosa frase, “vanidad, todo es vanidad”, no visaba los escrúpulos heráldicos, mas tal vez otros puntos cometidos por ellos, que no vienen al caso en este texto. De esos escrúpulos, pocos o ningún fruto espiritual se saca. Lo que resta es inseguridad y paranoia.
Un sinnúmero de “apóstatas”, con quien me deparé después que fui liberada, declaran tener serios problemas de aceptación de su propio cuerpo. Problemas que también pasé por mucho tiempo y no tengo dudas de que surgieron allá dentro. Recuerdo yo misma usando fajas en la región de los senos comprimiendolos cuando comenzaron a crecer, pues no quería que apareciesen, pues había escuchado una hermanan hablar, en voz baja, que senos muy grandes eran feos porque desfiguraban el hábito. Lloré horrores cuando no los podía esconder más y después que salí, todavía tardé mucho tiempo en aceptar mi cuerpo y amarlo.
Destruyen tu autoimagen, pero no es suficiente, es mucho más profundo a lo que quieren llegar: visan tu esencia. Acaban primero con lo que vienen de fuera, tus influencias, tu mayor compañero -el propio cuerpo-, para después llegar donde de hecho quieren, tu mente. El terreno ya está aplanado, los cimientos también están anclados, ahora pueden construir tranquilamente las murallas de sus doctrinas en esas mentes tan puras e infantiles, pero sobretodo, indefensas, presas y paranoicas.
En una sociedad autoritaria, lo que mantiene el régimen es el miedo, sea él como sea. En los Heraldos, enorme comunidad de convivio social bastante restringido con lo que está más allá de los muros, lo que mantiene tanta gente todavía sometida a esta y tanta opresión es sin duda el enorme miedo a la bagarre y al infierno.“Los que tiene grandes llamados también son muy exigidos”, otra frase muy escuchada allá dentro, esa por los que llevan más tiempo en el grupo. Pasados los primeros años, donde todo es lindo, eres escogido, eres especial, recibes innumerables “gracias” y eres bien tratado, las cosas comienzan a cambiar. Los niños cambian de casa, quien no es de Sao Paulo, va para allá, quien ya es de allá, sale del Cenáculo y va para Mater Castísima, donde la idea de Bagarre es todo el tiempo repetida, generando una histeria colectiva.
La bagarre es el nombre dado por Plinio Correa de Oliveira, fundador de la TFP, a un evento milagroso inventado por él mismo, donde se autodeclaraba “Profeta y fundador del Reino de Maria”. El evento se trataría de una purificación del mundo en que Dios mandaría fuego del Cielo y llevaría consigo apenas aquellos de corazón puro. Algo muy parecido con lo que viene escrito en el libro bíblico del Apocalipsis, sin embargo, con detalles bastante peculiares: las personas de buen corazón serían ÚNICAMENTE los miembros de la TFP – y años después el título fue pasado a los heraldos -, además de que, estos serían responsables de MATAR todos los hijos de la tinieblas – todos los no miembros de la TFP/Heraldos.La histeria se volvía todavía mayor cuando era claramente declarado que estar dentro de los Heraldos no bastaba, en términos heráldicos, “aquí dentro no es hotel del salvación”. Para que la persona no fuese considerada por Dios un hijo de las tinieblas, ésta necesitaría estar en perfecta unión de almas con su fundador, Joao Clá, lo que significaba renunciar a todo que no fuese hecho y pensado por él, o sea, tu voluntad, tu libertad, tu pensamiento personal, tus sueños y tu esencia. Tú deberías ser un nuevo Joao en la Tierra, “no soy yo que vivo, mas es ‘Papito’ que vive en mi”.
La expresión máxima de esa entrega es la “Sagrada Esclavitud”, ceremonia en la cual los miembros utilizan los principios establecidos por San Luis María Grignion de Montfort en el libro “La verdadera devoción a la Santísima Virgen” para consagrarse, no a Nuestra Señora, sino a Plinio, Lucília y Joao Clá.Los que pasan por la ceremonia, se consagran como esclavos espirituales de la trinidad “oficialmente”, sin embargo, en la práctica, lo que los diferencia de la mayoría es únicamente el capuz. En la práctica, gran parte de los miembros viven toda esa entrega tan absurda sin el reconocimiento. Son un enorme ejército de joaos clá, robots programados para obedecer sin cuestionar.
Todo eso es sustentado por “revelaciones” recibidas de tiempo en tiempo por Joao y algunos miembros. Revelaciones venidas de Plinio y Lucilia, que mandan “carta, sueños y apariciones” afirmando la proximidad de la bagarre, la vocación de cada uno y la venida de catástrofes ambientales – que dígase de paso, nunca ocurren. Además de “posesiones”, bastante dudosas, entre las niñas en las cuales el demonio, padre de la mentira, reafirma los mensajes plinianos.
Es en esa esfera que un niño entra allí con 6,7 o 10 años – como fue mi caso – crece, y cuando llega a la vida adulta, o incluso a la adolescencia, se ve presa allí, con un tremendo miedo de salir e ir al infierno, o ser cargado por el diablo en la hora de la bagarre. Y aunque el miedo no exista, qué hacer en el mundo aquí afuera después de tantos años allá dentro, sin voluntad propia, sin principios propios, sin saber ni quién de hecho uno es, sin ni siquiera saber diferenciar lo que es Joao Clá y lo que es uno? Fuera los innumerables escrúpulos insustentables en el mundo real con los cuales creciste, qué hacer con ellos? Todo eso, sin considerar la total falta de preparación para el mercado laboral que una persona que vivió años allá adentro, limitada a reproducir las ideas de Joao, se encuentra: vivir de qué?Salir Heralda y vivir en sociedad es muy difícil, muchas veces imposible sin un acompañamiento de profesionales de la mente. Cuando salí, me deparé con una persona ya muerta por dentro, de tan destruida y vacía. Nada de la niña extrovertida, feliz, espontánea y soñadora de años atrás restaba de mi. Todos mis sueños y anhelos habían sido completamente detonados, yo ya no creía en las estrellas. Y ni puedo decir que comencé de cero, antes de construir una nueva persona, la persona que amo ser hoy, tuvo un saldo bastante negativo para suplir: traumas, miedos, escrúpulos y paranoias. Y todavía, a pesar de todo, aún pienso que salir de allá es mejor, incluso con el enorme sufrimiento, una vez que tengo la oportunidad de SER, diferente de quién está allá, que ni eso lo pueden.
Antes de terminar, recurro a una distopia más. “El cuento de Aia”, de Margaret Atwood. En determinado momento de la trama, el personaje principal – que vive en una sociedad distópica patriarcal, en una clase de mujeres a quién cabía la “misión” de garantizar la continuidad de la especie de forma bastante inhumana – afirma estar en esta institución por voluntad propia, que podría tomar otro camino, como la prostitución – vida en la ilegalidad y sin dignidad en aquella sociedad, más allá de ciertamente bien corta -, o sea, una escoge entre la vida y la muerte. Guardadas las proporciones de cada caso, sobretodo, entre la ficción y la realidad, la situación en que el personaje se encontraba es bien próxima de la que yo me encontré en los Heraldos. Afirmaba estar allá por voluntad propia, pues para mí, escogía entre la posibilidad de salvarme y la certeza del infierno. Sin embargo, hoy veo que no se trata de una elección, pues los caminos que estaban a mi disposición me conducían racionalmente a una única opción. Nadie escoge el propio mal. Sería una elección si, una vez ya adulta, con mentalidad formada y conocimiento del mundo, teniendo contacto con la doctrina de los Heraldos y el sinnúmero de posibilidades de vida aquí afuera, decidiese volverme heralda. No fue eso lo que ocurrió.
Por tanto, delante de todo lo aquí expuesto y mucho más presente aquí en el blog, es indispensable una posición rápida de las autoridades responsables, tanto del Vaticano, como de la Fiscalía, Derechos Humanos y órganos internacionales. Lo que ocurre dentro de esa institución es una demolición de almas. Hoy, uno de mis nuevos sueños es que ninguna niña más tenga sus sueños de tocar estrellas arrasados por esa cruel institución, espero que las autoridades me ayuden en este trabajo.