Sentimos mucho saber que hay hombres que usan el nombre de Dios para esclavizar y satisfacer sus voluntades. Incluso lo sentimos en la piel!
Somos víctimas de hombres que se autoproclaman representantes de Dios y con esa autoridad destruyen vidas, familias, ciudades… Y por donde pasan dejan un rastro de destrucción.
Es confortante y al mismo tiempo desesperante saber que no estamos solos, que por el mundo entero existen estafadores religiosos triturando personalidades, acabando con los sueños y nada ocurre.
“Te conocí, Señor, mientras estaba preso psicológicamente y emocionalmente en una organización criminal, con sello pontificio. Te conocí en una prisión. Pero, te conocí. Gracias.El Cristo que tenía para mí, en aquella época, me amenazaba constantemente, me obligaba a amarlo, me obligaba a obedecerlo.
Todo era miedo, pavor, oscuridad.
Qué hicieron con tu nombre, Señor? Tú, que eres luz, verdad, camino, vida… para mí eras sólo muerte, sombra, tortuosidad, mentira.
Nací al final del siglo XX. Y para la historia habré sido un ser humano, cristiano, católico, víctima de una estructura eclesiástica dudosa y obscura.Desde los 15 años aprendí a llamar de santo a un sacerdote mexicano, Padre Marcial Maciel, L.C. Oí en diversas ocasiones de la propia boca de San Juan Pablo II que tal sacerdote era ejemplo de la juventud. Oí de decenas de cardenales, de centenas de obispos, que ese sacerdote era confiable, era santo, era tu fiel representante.
En mi religiosidad adolescente, consentí, creí, me entregué de cuerpo y alma a tu seguimiento, Señor, en los pasos de aquel “santo fundador”.
Pasaron los años en aquella entrega, hasta el día de la desilusión y del abandono total. Hasta el día en que aquella organización que me acogió y que me llamó de familia, me borró hasta incluso de sus archivos, el día en que la propia estructura eclesiástica también resolvió borrarme de sus archivos. 
Qué pasó con los santos que protegieron al tal sacerdote por tanto tiempo? Que pasó con la santidad de aquella “Santa” Sede. Santa sólo en la teología, Señor, porque en la práctica de sus hombres no ha sido nada más que otra organización criminal y mentirosa. Perdona el desahogo.
Tu “siervo”, aclamado por siete décadas como santo por obispos y cardenales y papas, el Padre Marcial Maciel, L.C., después de la muerte -como marajá, en una casa de 20 millones de dólares comprada sólo para la ocasión- fue desenmascarado: pedófilo, usaba pasaportes falsos, dejó varias familias y mujeres alrededor del mundo, abusaba de seminaristas y de sus propios hijos, lavó mucho dinero, por cierto, creó una gran industria de recaudación y de lavado de dinero (mirad el libro “El Imperio Financiero de los Legionarios de Cristo”), compró cardenales, obispos, etc., manipuló miles de jóvenes, induciendo vocaciones falsas, llevado a tu sacerdocio jóvenes que no tenían vocación, tomando, amarrando, aterrorizando, y, peor todavía, abandonando y destruyendo todos aquellos que intentaron luchar contra el esquema.
Paro un poco y me pregunto, en tu presencia, oh Dios mío: Señor, dónde está tu Evangelio? Señor, Jesús, rey y maestro, donde está el verdadero cristianismo? Qué ocurrió con tu Iglesia en el siglo pasado? Por qué permitiste que yo fuese víctima de un cristianismo decadente y cruel? Y por qué lo sigues permitiendo?
Si por lo menos mi caso fuese aislado, pero sólo hay que mirar alrededor: movimientos y organizaciones manipuladoras, con sello pontificio, surgieron como cucarachas. Enseñan a las personas la verdadera doctrina, pero por medio de técnicas de manipulación en masa, las mismas técnicas usadas por regímenes dictatoriales. Por qué, Señor? Acaso la fuerza del cristianismo, por sí sola, no es suficiente para atraer nuestro corazón a Tí?
Jesús, que miras para tu Iglesia con amor, que ves el corazón de los hombres, enséñame a no juzgar, ni siquiera a los criminales que tanto mal me hicieron. Enséñame a dejar todo para tu juicio. Cura las heridas de mi alma. Preséntate a mi corazón, como mi Señor y Maestro y Amigo. Dame la sabiduría necesaria para encarar mi existencia a la luz del cielo, de cara a la eternidad. E, por encima de todo, Señor, cuida de tu Iglesia, de tus católicos, de todos aquellos que creen en tu nombre. Desenmascara a los abusadores, derriba los esquemas de poder, trae de vuelta al corazón de tu Iglesia el martirio por tu nombre, por la verdad; trae de vuelta, Señor, el entusiasmo del cristianismo verdadero, interno, que muda la sociedad no por medio de las armas, pero por medio del testimonio de vida, del martirio del hombre justo.”