Yo era muy joven cuando entré, tenía sólo doce años.
No hacía mucho tiempo que una persona de la Orden Segunda acababa de fallecer. Quedé muy impresionada con la historia que contaban de ella, sobre haberse ofrecido como víctima expiatoria, alguien que ofrece su alma a Nuestra Señora como tributo y Ella acepta: recoge su alma y su sufrimiento. Yo estaba encantada con esa idea, quería aquello para mi, pero piensa, qué absurdo, una niña de doce años pensando en entregar su alma a Dios, qué madurez tenía yo para tomar una decisión de esas, pero en la época esa idea era muy “flashosa”.
Me acuerdo que pedía continuamente a la encargada de conversar con él (entonces Padre Joao) para entregarme como víctima expiatoria también y rezaba para que Nuestra Señora me recogiese un día.
Conseguí una “palabrita”, en la sacristía del Auditorio de la Luz, conversé con él y recuerdo de aprovechar la ocasión para preguntar: “Si una persona no nace con vocación, ¿es posible que Nuestra Señora se la dé después?”. Él me miró a los ojos y habló así: “No se preocupe con eso, porque desde el bautismo, Nuestra Señora ya le dio la vocación”. Todas me decían que él tenía discernimiento de los espíritus, entonces creí que él había visto la vocación en mi alma. Quedé super “enflashada” y pensé, “Dios mío, estoy en el lugar cierto”. Le dije entonces a él que me quería entregar como víctima expiatoria. Él me dijo que no era el caso, que yo era muy nueva, que tenía que crecer para eso. A pesar de su respuesta, eso siempre me quedó en la cabeza, sentía que debía y tenía que hacer algo más.
Pregunté para la encargada si podía hacer la promesa, ella me orientó para que escribiese la fórmula y que se la mostrara para aprobación, después de eso ella marcaría un encuentro con Joao. Ya tenía un borrador, yo simplemente lo copié, se lo mostré a la encargada, ella lo autorizó. Yo era muy chica, se puede ver, incluso la escritura es bien infantil, yo era muy chiquita.
Fue después de una reunión de sábado, él ya había atendido a todo el mundo -porque él pasaba por el auditorio del Thabor y todas las reuniones de sábado estaban reservadas sólo para los miembros de la orden segunda- y él quedó medio solo allá afuera, me llamaron y fui hasta él. Él leyó en voz alta lo que estaba escrito y dijo “Yo, (mi nombre)… ” y leyó todo conmigo, incluso el nombre de él que está citado en la promesa. Llegando a la parte “Hago la promesa de castidad perfecta por…”, él escribió, “por un año”, y terminó de leer. Firmó y rezó conmigo tres Ave Marías, me dio una bendición y ahí dijo: “A partir de ahora usted está en una promesa, espero que Nuestra Señora te ayude a cumplir”. Entonces le pedí una oración para rezar durante ese año, junto con la promesa que yo había hecho, él me dijo para que rezara un “Hay momentos”, aquella oración hecha por Dr. Plinio.
Todos los días por la noche yo rezaba un “Hay momentos” e intentaba practicar la promesa de castidad perfecta y pensaba, “Dios mío, ahora me estoy entrenando para los votos”.
Me recuerdo que quedé tan pillada con esa idea de promesa, que andando en la calle, cuando iba para Sao Paulo, me vigilaba mucho, si fijaba la mirada en alguien que tuviese ropa del mundo -pantalones baqueros y camiseta- y prestase atención, ya me sentía en pecado mortal y pensaba, “en cualquier momento me voy a morir y me iré al infierno”. Quedé medio paranoica en esa época, tanto que después de año ni pensé en renovar la promesa.
Hoy pienso ¿cómo permitieron que una adolescente de 12 años hiciese una promesa sin ninguna preparación o incluso sin acompañamiento espiritual?
A medida que ese relato fue hecho me vino también la pregunta, ¿por qué en ningún momento me orientaron a hablar con mi familia sobre tal decisión? Si era algo correcto, ¿por qué esconder?
¿Consiguen imaginar cuantas cosas todavía están siendo hechas por debajo de la mesa, sin el menor consentimiento de la Iglesia? Qué dirá de los padres…
¿Es a ese lugar que ustedes confían sus hijos? ¿Qué más esconden?